Sé que pueden quemar libros, arrasar bibliotecas, prohibir lenguas, desterrar creencias, borrar pasados, dibujar presentes, ordenar futuros, torturar y ejecutar personas... Pero también sé que aún no han descubierto como matar el cuerpo intangible y luminoso de una idea, de un sueño o de una esperanza.

El culpable

La posibilidad de editar una tribuna de opinión era, hasta hace unos años, territorio y dominio exclusivo de ciertos periodistas, que a veces compartían una migaja de esos dones con el común de los mortales en las mal llamadas “páginas de opinión”, en donde pocas veces se incluyen voces críticas con el medio que las publica o con su postura oficial y su línea de pensamiento.
Y cuando se las publica, es porque el medio dominante ya ha absorbido, como propias, a las voces disonantes. Así es el sistema. Fagocita hasta lo más independiente, y lo vende como alternativo aunque ya esté tocado y movido por sus manos.
Nunca fui de escribir a los periódicos, sobre todo porque nunca consideré que tuviera algo valioso para aportar. Me irritaban cosas demasiado grandes como para cambiarlas a través de una simple “carta al director”, o demasiado pequeñas como para que le importara a alguien más que a mí. Sin embargo, en algún momento de censura de medios oficialistas en los cuales solía participar para balbucear o garrapatear algunos pensamientos propios, nació “Bitácora de un bibliotecario”.
Debo ser honesto: mi idea era modesta. Ni siquiera sabía cómo se diseñaba un weblog, ni cómo funcionaba realmente. Supongo que, al igual que hoy, en aquel entonces me bastaba con tener un lugarcito propio en el que saberme leído y poder compartir con total libertad lo que pensaba, creía, aprendía y descubría cada tanto. Poco a poco y paso a paso fui desarrollando mayores habilidades en la gestión de mi bitácora y descubrí que podía ser una herramienta valiosa para ayudarme en mis labores educativas, o para difundir noticias y novedades y, por qué no, mis propios sueños y tropiezos.
Un día mi compañera de camino se unió al proyecto, y otro nos dimos cuenta que eran decenas de personas las que también se sumaban visitándonos a diario para revisar nuestras páginas y nuestras impresiones. Y para colaborar con ellas, de vez en cuando.
Habitantes de la orilla sudoccidental del Atlántico, contábamos en nuestras líneas lo que encontrábamos en aquellos paisajes del sur, lo que nos dolía, lo que nos alegraba. Hasta que, en algún momento, el equipo editor de aquella bitácora decidió cruzar el charco hacia la ribera nororiental del océano. Quizás porque sabíamos que había más horizontes por descubrir y porque somos dos nómadas incorregibles. O tal vez porque nos apetecía intercambiar la etiqueta de “inmigrante”, que de aquel lado lucía en la solapa mi cómplice en todo este asunto.
Un año después de aquel suceso, con el gusanillo de volver a escribir, a opinar y a contar y con muchas historias en los bolsillos, decidimos reabrir el espacio pero con otro nombre más acorde a la realidad, a pesar de que conservemos la querida “Bitácora de un bibliotecario” con todos sus contenidos. Y un año después, si tengo que describirme para confeccionar un perfil, diría que sigo siendo el mismo lector enamorado del tacto de las tapas viejas; el mismo viajero empedernido; el mismo que se ahoga de rabia con las injusticias y que teclea utopías y anarquías; el mismo fumador de pipa; el mismo perro viejo que sigue tropezando con la condenada piedra de siempre...
Aunque ahora tenga más cosas para contar, para compartir y para ofrecer, el que está detrás de este teatrillo de títeres moviendo las marionetas no ha cambiado en más de dos o tres canas.
Bienvenidos a esta, nuestra casa virtual...

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