La cómplice
No recuerdo cuándo me senté a escribir. Debió ser después de llevar horas leyendo de pie, pues tengo la costumbre de ocupar el tiempo de espera extraviándome en las páginas de un libro. A veces el telón de fondo es un parque, otras una estación de autobús. De tarde en tarde lo es la escalinata de alguna institución, y mucho más a menudo los escalones de algún portal.
Al cabo de varios años rasgando hojas y viendo cómo naufragaban sus pedacitos en el fondo de cualquier papelera, decidí empezar a guardar lo que escribía. Fue poquito a poco y siempre de la mano de otros. Fue porque una madre lloró con un puñado de líneas mías, y porque un amigo se imprimió unas pocas para llevarlas consigo. Fue porque un niño me pidió una historia, y porque un padre necesitaba que lo ayudase con la tarea escolar de su hijo. Fue porque me enamoré en la distancia, y porque al cuaderno que siempre llevé a la espalda ya le había arrancado casi todas las hojas. Fue porque el relato de alguno de mis viajes sirvió para que una amiga conociese parte de su país cuando todavía no era el mío adoptivo. Fue porque mis botas estaban muy desgastadas y se me ocurrió dibujar sus huellas.
Hoy por hoy, cada vez que algo hace ruido dentro mío, tengo la gran suerte de poder decirlo en este rincón virtual, y de compartir pasos, lecturas y escritos con el culpable del mismo. Supongo que eso me convierte en cómplice de sus andanzas, así como de algunos capítulos de su diario de navegación. Y dado que los caminos se hacen andando y las historias contando, prefiero que sea nuestra bitácora la que esboce mi perfil.
Sin embargo, no estará de más trazar las primeras líneas y avanzar que nací en el 72, que crecí en un pueblo de la sierra madrileña y que antes de sentirme atraída por las letras bebí los vientos por los números. Cuando se rompió el hechizo entre los logaritmos y yo, me entraron ganas de viajar, de meterlo todo en una mochila y de cruzar unas cuantas fronteras. Entre las dos orillas de un mismo océano fui haciéndome maestra sin dejar de ser aprendiz. Estudié y viví en Argentina, recorrí gran parte de América Latina y aprendí a escuchar aquella tierra. Los miles de kilómetros que ahora me separan de ella han aguzado mi oído, y día tras día me esfuerzo por entender otras voces más allá del horizonte que contemplo cada mañana.
Como adelanto no está mal, lo que sigue aún lo tengo que escribir…
Al cabo de varios años rasgando hojas y viendo cómo naufragaban sus pedacitos en el fondo de cualquier papelera, decidí empezar a guardar lo que escribía. Fue poquito a poco y siempre de la mano de otros. Fue porque una madre lloró con un puñado de líneas mías, y porque un amigo se imprimió unas pocas para llevarlas consigo. Fue porque un niño me pidió una historia, y porque un padre necesitaba que lo ayudase con la tarea escolar de su hijo. Fue porque me enamoré en la distancia, y porque al cuaderno que siempre llevé a la espalda ya le había arrancado casi todas las hojas. Fue porque el relato de alguno de mis viajes sirvió para que una amiga conociese parte de su país cuando todavía no era el mío adoptivo. Fue porque mis botas estaban muy desgastadas y se me ocurrió dibujar sus huellas.
Hoy por hoy, cada vez que algo hace ruido dentro mío, tengo la gran suerte de poder decirlo en este rincón virtual, y de compartir pasos, lecturas y escritos con el culpable del mismo. Supongo que eso me convierte en cómplice de sus andanzas, así como de algunos capítulos de su diario de navegación. Y dado que los caminos se hacen andando y las historias contando, prefiero que sea nuestra bitácora la que esboce mi perfil.
Sin embargo, no estará de más trazar las primeras líneas y avanzar que nací en el 72, que crecí en un pueblo de la sierra madrileña y que antes de sentirme atraída por las letras bebí los vientos por los números. Cuando se rompió el hechizo entre los logaritmos y yo, me entraron ganas de viajar, de meterlo todo en una mochila y de cruzar unas cuantas fronteras. Entre las dos orillas de un mismo océano fui haciéndome maestra sin dejar de ser aprendiz. Estudié y viví en Argentina, recorrí gran parte de América Latina y aprendí a escuchar aquella tierra. Los miles de kilómetros que ahora me separan de ella han aguzado mi oído, y día tras día me esfuerzo por entender otras voces más allá del horizonte que contemplo cada mañana.
Como adelanto no está mal, lo que sigue aún lo tengo que escribir…
> Contacto: mowfle2s (arroba) gmail (punto) com
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